Durante años se ha leído «La Segunda Guerra Mundial», de Winston Churchill, como una crónica monumental cuando, en realidad, estamos ante algo mucho más profundo, e incómodo. Churchill no escribe únicamente para informar, sino para explicar, y sobre todo justificar, sus decisiones en un momento en el que Europa caminaba hacia el abismo de la sinrazón humana. Una obra fascinante que nos permite abordar el mayor conflicto de la historia de la humanidad desde el punto de vista de uno de sus grandes protagonistas. Pero leerlo también implica aceptar que dicho relato lo construye alguien que, mientras aún caían las bombas sobre la ciudad de Londres, se encontraba esculpiendo su propio monumento para la historia.
De este modo, en sus páginas conviven dos facetas irreconciliables. El estadista que entendió que el apaciguamiento era una forma de suicidio político frente al dirigente imperial, soberbio y capaz de una frialdad extrema ante el sufrimiento ajeno. Un claroscuro que apenas se disimula y que le aporta densidad y fuerza al conjunto. Churchill se muestra a sí mismo como un héroe, pero entre líneas también asoman demonios que no encajan del todo con la historiografía oficial.
Desde la caída de Francia hasta el fogonazo de la bomba atómica, pasando por el cruento bombardeo de Londres o el desembarco de Normandía, Churchill no narra la historia como un simple espectador, sino como alguien que empuja los acontecimientos con una temeridad que asusta.
Nacido en el epicentro del mando, no hay rastro en este testimonio de esa distancia reflexiva que suele otorgar el paso del tiempo. Churchill no esperó a que el polvo de las ruinas se asentara para pensar en lo ocurrido. Empezó a dar forma a su relato cuando las decisiones tomadas en el fragor de la guerra aún estaban calientes. Sus páginas se nutren de órdenes y memorandos rescatados directamente de los días en que se decidía el destino del mundo, conservando una capacidad de análisis cuya lucidez supera todas sus faltas.
No busca la objetividad del observador externo porque su verdadera intención es la de presentar un alegato personal antes de que otros puedan siquiera acceder a los archivos oficiales. Churchill baja al barro de su memoria para dictar su propia versión de los hechos y convierte la presión del poder en un documento vivo en el que la estrategia y la intensidad de la experiencia se mezclan sin ningún tipo de filtro.
Al final queda el retrato de una personalidad arrolladora, difícil de tratar y, a menudo, insensible con el sufrimiento humano, pero cuya temeridad resultó decisiva para frenar el desastre que se cernía sobre Europa.
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Winston S. Churchill
Winston Churchill (1874–1965) fue primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial y uno de sus grandes protagonistas.
Estadista, historiador y escritor, recibió el Premio Nobel de Literatura en 1953. Además de «La Segunda Guerra Mundial», es autor de «La crisis mundial: 1911-1918», un magnífico y detallado relato sobre la Primera Guerra Mundial.






