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El conflicto bélico que pasó a la Historia con el nombre de la Guerra de la Independencia representa uno de los temas más estudiados en la Historia de España. Y mientras que batallas como la de Trafalgar reciben toda la atención por parte de los historiadores, hay otras que tienden a caer en el olvido, y con ellas la historia de los personajes que las protagonizaron. Es por ello que en el siguiente artículo nos proponemos rescatar la historia de dos mujeres que plantaron cara al invasor francés y cuyas acciones dejaron su huella en la Historia. Pues como se cantaba en España en aquella época:

Mujeres en la Guerra de la Independencia
Dos de mayo, Sorolla

Que las hembras cabales
en esta tierra
cuando nacen ya vienen
pidiendo guerra.
Y se ríen alegres de los mostachos
y de los morriones
de los gabachos.

Es un 2 de mayo de 1808 cuando en Madrid se enciende la chispa de la insurrección. El pueblo se levanta ante las incesantes tropelías de las fuerzas francesas, y desde el primer momento ya resulta visible la participación de mujeres de toda condición social. Todas ellas dispuestas a luchar codo con codo junto con el resto de hombres que se preparan para la guerra.

En la obra Siempre estuvieron ellas de Javier Santamarta del Pozo (Editorial Edaf), en un capítulo que denomina acertadamente “Bravas de la Francesada” podemos echar un vistazo a aquellos inicios del conflicto. En Madrid resuenan los nombres de Manuela Malasaña, que con tan sólo 17 años de edad intentó defenderse con sus tijeras de costurera de unos soldados franceses que intentaban violarla, y que terminarían fusilándola en el parque de Monteleón.

Precisamente sería en este lugar donde también lucharía Clara del Rey de 47 años, junto con su marido y sus tres hijos adolescentes. Estuvo haciendo frente a los franceses hasta que fue alcanzada en la cabeza por un trozo de metralla que le causaría la muerte. Así nos lo cuenta Javier Santamarta:

Un día aciago para esa familia pues morirían también su marido Manuel González, y uno de sus hijos pequeños. El mayor acabaría siendo soldado en la 5ª compañía del tercer escuadrón de cazadores de Sagunto, «para defender la Patria y para vengar a su madre»

La sublevación ya había empezado, y la dura represión que teñiría las calles de Madrid de rojo no haría más que avivar la ira de un pueblo que iba a empezar a organizarse por todos los rincones de España. Y es aquí donde entrará en acción la primera de nuestras mujeres.

Agustina de Aragón: Una guerrera incansable.

Agustina de Aragón se trata sin duda de uno de los nombres más recordados por la historiografía. Nacida en Reus y casada con un suboficial de artillería, esta catalana desempeñaría un papel crucial en el sitio de Zaragoza, donde protagonizaría un episodio que pasaría a la Historia.

Para ponernos en contexto, Zaragoza había sido una de las muchas ciudades que se levantaron contra los franceses tras los sucesos del 2 de mayo, y es aquí donde se iba a encontrar Agustina, con tan sólo 22 años y con un hijo de cuatro años a su cargo. Con la insurrección extendiéndose por toda la península, Agustina se vería irremediablemente desplazada al centro de la contienda siguiendo a la unidad militar de su marido.

Los franceses no dudaron en tomar represalias contra Zaragoza por su insurrección, y el bombardeo a la ciudad no tardó en empezar. La población fue sometida a un fuego intenso mientras que las tropas francesas se preparaban para el asalto definitivo.

El general francés al mando de la tropa instaría al pueblo zaragozano a rendirse en varias ocasiones, pero la población no estaba dispuesta a tal cosa, y decidió seguir luchando a pesar de estar en clara desventaja. La superioridad francesa se fue haciendo cada vez más tangible con el paso de los días, y al final consiguieron entrar en la ciudad por varios puntos a la vez. Precisamente, en uno de ellos llamado El Portillo, se encontraba una batería donde se estaban defendiendo a la desesperada hombres, mujeres y niños.

Agustina de Aragón
Agustina de Aragón, pintura de Augusto Ferrer-Dalmau

La artillería francesa demostró tener unos efectos devastadores y como resultado, ya no quedaba ningún soldado en pie para ofrecer resistencia en aquel punto. Las tropas invasoras se sentían seguras, y avanzaron confiadas, ya no quedaban defensores que abatir. Pero se equivocaban. No todos habían caído bajo el fuego francés. Agustina aún seguía en pie, y observaba aproximarse a las tropas francesas hacia la batería indefensa. Sin mucho tiempo para pensar, agarró un botafuego (Palo en que se colocaba la mecha para dar fuego a una pieza de artillería) y disparó una descarga demoledora contra las sorprendidas tropas francesas que de forma inesperada se vieron obligadas a huir en dirección contraria.

La acción causó tanto revuelo entre los defensores, que el propio general Palafox, el gobernador de la ciudad, le concedió el título de Artillera y un sueldo de seis reales diarios. Sin embargo, la heroica defensa de Agustina no salvaría a la ciudad de Zaragoza de caer en manos francesas.

El asedio se extendería durante meses, y los defensores seguirían resistiendo los estragos de la artillería francesa, peleando casa por casa, palmo a palmo, a la desesperada, siendo conscientes de que en algún momento los franceses terminarían entrando. Y así lo terminaron haciendo. El propio general Palafox ya apenas tenía defensores que pudieran mantenerse en pie, y terminó tomando la dura decisión de capitular.

A nuestra protagonista Agustina, la noticia de la rendición le pilla estando postrada en una cama, a causa de la epidemia de tifus que se había extendido por toda la ciudad y que había diezmado a los defensores. Al entrar los franceses, es hecha prisionera junto a su hijo de cuatro años y el resto de supervivientes.

El calvario de Agustina parecía sólo estar a punto de comenzar. Aunque había sobrevivido al asedio, ahora le esperaba una durísima marcha, donde la enfermedad y el cansancio terminaría cobrándose la vida de su hijo que no pudo soportar el enorme esfuerzo físico. Así nos lo cuenta la propia Agustina de Aragón en tercera persona, en un relato que podemos ver en la obra La Gesta Española, de José Javier Esparza.

[…] No fue otra cosa que hacerla andar, sin consideración a su enfermedad, con todos los demás prisioneros y su hijo, hasta que apiadado uno de éstos, el ayudante de artillería don Pedro de Bustamante, le cedió uno de los dos machos que llevaba, donde fue con su criatura hasta que le robaron el macho, ropa y dinero que llevaba…Llegada a Ólvega perdió a su hijo a la fuerza del contagio, fatiga del camino y falta de recursos para su asistencia.

La terrible pérdida de su hijo no apartó a Agustina de la guerra, ni la amilanó. Una vez fue liberada de los franceses, se dirigió al mismísimo Rey para que le permitiera ir junto con su marido a la guerra. Una solicitud que le fue concedida junto con un sueldo de alférez que gozaría hasta su muerte.

Tras el sitio de Zaragoza, la vida de Agustina se convertirá en una lucha continua, la vemos en la defensa de Teruel, en la de Tortosa, y en la batalla de Vitoria, peleando hasta el final y logrando sobrevivir a la guerra. Una vez acabado el conflicto, pudo reunirse al fin con su marido con quien tuvo a su segundo hijo, aunque desgraciadamente poco después su marido caería enfermo y moriría en 1823. Siempre dispuesta a reponerse de los embates de la vida, Agustina se volvería a casar, y se iría a vivir a Valencia donde nacería su hija Carlota.

Agustina de Aragón. Mujeres en la Guerra de Independencia
Agustina de Aragón

La historia de Agustina podría haber terminado plácidamente en su hogar, lejos del fragor de la batalla y disfrutando de una paz bien merecida. Pero demostrando un carácter incasable hasta el fin de sus días, Agustina iría una vez más en busca de la guerra. Ya mayor, su hija Carlota se casaría con un militar al cual destinarían a Ceuta. Ingenuo de él si pensaba que iría solo, puesto que su incansable suegra no dudaría en acompañarle, desempeñando su cargo como subteniente de Artillera.

Allí moriría Agustina de Aragón con 71 años de edad a causa de una afección pulmonar. Posteriormente, sus restos serían trasladados a Zaragoza donde la enterrarían en los alrededores de aquel lugar donde una vez se alzó para defender ella sola aquella posición española contra las tropas francesas.

María García: La espía andaluza en territorio enemigo.

Lo cierto es que hay muchas formas de hacer la guerra, y no todas implican librar batallas. Una labor que siempre ha sido muy apreciada en cualquier conflicto ha sido el espionaje. Y es aquí donde va a desenvolverse nuestra siguiente protagonista, María Garcia, nacida en Ronda (Málaga), y popularmente conocida como la Tinajera.

Ronda Mujeres en la guerra de la independencia
Vista de la ciudad de Ronda

En la guerra contra el francés hubo muchas mujeres para las que el oficio de las armas no era ni siquiera una opción que le dejasen contemplar, por lo que terminaron encontrando en el espionaje el arma idónea para hacer daño al enemigo. Tal y como se contiene en el expediente de María García que data del año 1812:

[…] No halló otro medio de contribuir a la defensa del suelo patrio que hostilizar al enemigo, al introducirse disimuladamente en la posición que éste ocupaba y adquirir noticias de lo bienintencionados llevándolas en seguida a nuestros cuerpos de Armas que defendían la Sierra.

En aquellos momentos, Ronda estaba controlada por los “afrancesados”, aquellos españoles que simpatizaban con la causa francesa, y que fusilaban a cualquiera que ofreciera resistencia. En medio de este panorama, las labores de espionaje podían conducir a una muerte segura.

Como forma de atosigar al bando afrancesado, pronto se fueron extendiendo guerrillas por los alrededores de Ronda que luchaban contra el invasor. En este contexto, conseguir pasar información del lado francés a las partidas guerrilleras se convirtió en una buena forma de contribuir a la causa nacional. Naturalmente, se trataba de un trabajo que conllevaba un gran riesgo, y María García lo viviría en sus propias carnes.

Después de estar durante un tiempo espiando a los franceses y pasando cualquier información de utilidad a los guerrilleros, María García fue finalmente descubierta por los afrancesados, y encerrada en los calabozos. Allí estaría durante unos días junto con otras 15 mujeres que también habían decidido contribuir a la causa sirviendo como espías, y que ahora pagaban sus acciones.

Escoda - Mujeres en la guerra de la independencia española
Escoda

Tras varios días encerrada en condiciones infrahumanas, llegó el juicio que la sentenciaría. Fue acusada de colaboracionismo, y la condenaron a una pena frecuentemente aplicada a las mujeres por su carácter humillante. La pena consistía en rapar por completo la cabeza de la mujer, en este caso con una herramienta llamada escoda, y que citando a la RAE, se trata de una “Herramienta en forma de martillo, con corte en ambos lados, para labrar piedras y picar paredes”. Es decir, que además del carácter humillante que suponía el castigo, también se trataba de infligir daño, y que el proceso además de vergonzoso resultase doloroso. Para añadir aun más escarnio, una vez rapada, la expusieron a las burlas del pueblo. La pasearon por las calles de Ronda mientras los vecinos le insultaban, se mofaban de ella y le gritaban traidora por no apoyar la causa francesa.

Una vez terminó el ultraje, los afrancesados amenazaron con fusilarla si alguna vez la volvían a ver por Ronda. Dada sus opciones, María decidió poner tierra de por medio y no regresó a Ronda hasta que la ciudad fue liberada del control francés en 1812. Una vez terminó todo, María García solicitó una compensación a las autoridades de la ciudad por todo el daño tanto físico como psicológico que había sufrido por contribuir a la causa nacional. En su juicio declararon tres clérigos que confirmaron el humillante castigo que había sufrido, y que ayudaron a que el honor de María García fuese restaurado.

Y es que tuvo que ser digno de admiración la fuerza de voluntad y el carácter que mostraron aquellas mujeres que arriesgaron sus vidas ejerciendo como espías. Tal coraje debieron mostrar que incluso un oficial francés Rocca en su obra Mèmoires sur la Guerre des français en Espagne (1814) lo resumió de esta forma:

Mujeres de cierta altura, con respecto a las demás que he conocido, que destacan por sus miembros robustos debido al entorno agreste, a sus facciones rudas y a las miradas penetrantes que las asemejaban a las fieras que merodeaban por la sierra.

Conclusiones.

Las vidas de Agustina de Aragón y de María García suponen todo un ejemplo de sacrificio y valor. Sus historias, junto con las de otras muchas mujeres que participaron en la guerra, han ido cayendo progresivamente en el olvido. Actualmente, apenas es conocida la creación de unidades militares femeninas y el hecho de que muchas mujeres lideraron tropas y llegaron a ocupar el cargo de comandantas durante la guerra. Sin embargo, sus nombres rara vez merecen una mención en los actuales manuales de Historia.

Agustina de Aragón y María García fueron dos mujeres que se suman a otras muchas como María Bellido, conocida por llevar cántaros de agua a los sedientos soldados en medio de la batalla de Bailén despreciando el fuego cruzado, o María de la Consolación Azlor que creó y lideró el llamado Cuerpo de Amazonas, o María Martina Ibaibarriaga cuya historia se mezcla con la ficción, relatando las crónicas que se disfrazó como hombre para alistarse en el ejército y que lideró tropas durante la guerra llegando a causar la admiración del duque inglés Wellington.

Es por todo ello que resulta tan importante poner el foco sobre obras como Mujeres en la Guerra de la Independencia de Elena Fernández o Heroínas y patriotas. Mujeres de 1808 de Irene Castell, Gloria Espigado y María Cruz Romeo. O la ya citada de Siempre Estuvieron Ellas de Javier Santamarta del Pozo. Todas ellas escritas con el objetivo de rescatar la historia de aquellas mujeres que protagonizaron acciones extraordinarias. Mujeres que muchas veces se veían apartadas del oficio de las armas por ser consideradas el “sexo débil”, y que ahora en aquella resistencia desesperada contra el francés causaban la admiración de todo el pueblo. El propio Santamarta recogió las sorprendidas palabras del general Blas de Fournás tras ser testigo de las acciones de varias mujeres en la defensa del Castillo de Montjuich, y que supone un reflejo de la mentalidad del momento:

He visto las mujeres, esta tan interesante porción del género humano, que nuestra preocupación llama débil, competir en espíritu, en bizarría, en desprecio al riesgo, con los varones más esforzados.

Teniendo en cuenta todo lo expuesto, resulta curioso constatar la detallada atención que se le ha prestado a aquellas mujeres del siglo XX, y el vacío al que han sumido a aquellas que vivieron en la edad medieval o moderna. Todo ello bajo la premisa de que al vivir en una sociedad patriarcal las mujeres eran incapaces de realizar cualquier acción que se saliese de su papel de madre y esposa. En realidad, la existencia de estos rígidos roles no impidieron en muchas ocasiones que mujeres españolas se atrevieran a desafiar las normas de su época realizando auténticas hazañas. Sin duda, las mujeres que hemos descrito fueron capaces de demostrar una voluntad de hierro, sobreponiéndose a los eventos más dolorosos de sus vidas, y haciendo gala de un valor y arrojo inusitado que causó admiración en 1808, y que continúa haciéndolo siglos después.

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Nacida en Cádiz y Graduada en Historia por la Universidad de Cádiz. Lectora de ensayos y novela histórica, especialmente sobre la Historia de España en su etapa medieval y moderna. Ha participado en la Escuela de Otoño de Estudios Medievales de Castelo de Vide en 2021.

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