El Imperio asirio, tanto en la antigüedad como en la historiografía de los últimos siglos, ha sido considerado como una potencia con un fuerte componente militar, desconocedor de otras esferas ajenas al mundo bélico. Sin embargo, hoy sabemos que no nos encontramos solamente ante un reino puramente violento, pues tanto el arte, la cultura y el mundo intelectual en general tuvieron un gran auge durante el desarrollo de esta estructura política, llegando incluso a establecer, mediante todo un conglomerado intelectual, métodos capaces de predecir el futuro, bajo su propia perspectiva, claro está. Como dice Eleanor Robson en su obra Ancient Knowledge Networks: “los antiguos eruditos asirios cubrían una amplia gama de saberes intelectuales, desde (en términos modernos) mitología hasta medicina y matemáticas, y muchas ciencias que no tienen contrapartida contemporánea”.

Es en este contexto donde hallamos uno de los estudios más capaces para conocer el futuro de mano de estos antiguos habitantes de Mesopotamia: la astrología, es decir, el estudio del cosmos y su influencia en la vida mundana. Para comprender la envergadura de esta práctica, debemos entender que las diferentes divinidades asirias eran identificadas con los astros suspendidos en el firmamento, los cuales eran capaces de mandar mensajes o advertencias al rey asirio a través de sus movimientos en la cúpula celeste. Estos mensajes trataban prácticamente de asuntos relacionados con el rey, de ahí que la asirióloga alemana Barbara Böck afirmase en su colaboración con el libro Adivinos, magos, brujas, astrólogos. Aspectos populares de las religiones del Mundo Antiguo que “en la antigua Mesopotamia la adivinación era fundamentalmente la ciencia de los reyes”.

Siguiendo esta idea, uno de los grandes orientalistas de nuestro tiempo, el italiano Mario Liverani, realiza una interesante reflexión sobre la intrínseca relación entre la política del rey y el mundo adivinatorio en su obra El antiguo Oriente. Historia, sociedad y economía (Crítica), donde, en este imprescindible estudio para quien quiera adentrarse en el mundo del Próximo Oriente Antiguo, nos dice que aquella información procedente de la actividad humana no tenía valor alguno si no había sido secundada por informaciones procedentes del mundo divino. Como vemos, no nos encontramos ante un asunto baladí, pues estas prácticas adivinatorias eran capaces de modificar el curso de un Imperio. 

Dentro de este conglomerado de cuerpos celestes, el dios lunar (llamado Sîn en acadio) era una de las deidades que más en contacto se encontraba con el monarca. De ahí, que el eclipse lunar, es decir, la desaparición en el firmamento de la luna cuando debía encontrarse en su fase de luna llena, fuese uno de los fenómenos celestes más peligrosos al que el rey podía hacer frente, pues era un signo con fuerte carácter negativo, tal como lo atestiguan las fuentes de la época: “Eclipse es sinónimo de problemas”, “Si la Luna desaparece, la maldad se establecerá en la tierra”.

Este eclipse, a su vez, llegaba al extremo de presagiar la propia muerte del monarca, aunque no siempre era así, pues dependiendo de qué zona de la superficie lunar era afectada por el eclipse, esto significaba que un monarca determinado de un país vecino iba a morir, no siendo siempre el rey asirio el blanco de la diana.

Pero, ¿qué sucedía cuando el eclipse lunar auguraba la muerte del soberano asirio? A priori, podemos deducir que esto supondría un elemento verdaderamente nefasto en la vida del rey, sin embargo, se podían llevar a cabo diferentes rituales encargados de alejar este mal portento de la figura del monarca y proteger así su vida.

Creencias y Rituales en el Imperio Asirio relacionadas con los eclipses

Estos rituales, realizados en aquellas ocasiones en que era necesario protegerse de un mal presagio, recibían el nombre en acadio de namburbû, literalmente “librarse de eso”. La propia existencia de esta clase de rituales nos demuestra que los presagios no se consideraban ni inevitables ni inexorables, pues tales ceremonias tenían la función de disipar cualquier mal enviado por una determinada divinidad.

Melishipak - Imperio Asirio
Estela de Melishipak

Dado que los eclipses eran portadores del funesto mensaje de la muerte de la cabeza del reino, la práctica correspondiente para solventar un problema de tal envergadura era el ritual conocido como šar pūhi (rey sustituto). Según este, cuando se producía un eclipse lunar que traía consigo el mensaje de la muerte del rey asirio, este monarca abdicaba temporalmente y ascendía al trono un personaje de clase baja, comúnmente un criminal, prisionero de guerra o campesino.

La explicación de esta práctica, que consistía en el reemplazo de la cabeza dirigente del reino la encontramos en que, mientras el rey anterior se encontraba alejado del poder, resguardado del mal enviado por el eclipse, era el nuevo rey quien, personificando la realeza, pasaba así a ser el blanco del mortal presagio, por tanto, susceptible de morir, con el objetivo último de “ir a su destino (la muerte) por su salvación (la del auténtico monarca)”.

Es gracias a las tablillas encontradas en la corte asiria que podemos reconstruir todo este proceso, desde la elección del “nuevo rey”, a su muerte y vuelta al status quo precedente. Sin embargo, esta labor de recopilación de los diferentes textos primarios producidos por los eruditos asirios, ha llegado a nuestros días gracias a la ingente labor de estudiosos modernos, y a la publicación de dichos textos en la extensa obra conocida como States Archives of Assyria, donde encontramos las tablillas cuneiformes procedentes de las cortes reales de las principales ciudades del antiguo reino de Asiria, permitiéndonos adentrarnos, de primera mano, en este antiguo mundo que sigue siendo uno de los grandes desconocidos de la Antigüedad. Es en el octavo volumen de esta obra, conocido como Astrological Reports to Assyrian Kings (1992), donde podemos establecer un seguimiento a la puesta en práctica de este ritual.

En primer lugar, tras identificar que el mal presagio del eclipse lunar iba dirigido al monarca asirio, los diferentes eruditos de la corte pedían permiso al rey para empezar la búsqueda de un sustituto. Una vez se había decidido quién iba a ocupar el fatal destino, y quien iba a ser su acompañante femenina, se les entronizaba, agasajaba, se ofrecía abundante comida, se ungían con aceite y se les vestía propiamente como a reyes, con las insignias reales, es decir, evocando toda una ceremonia regia al más puro estilo monárquico.

Por desgracia, son casi inexistentes las fuentes primarias actualmente conocidas y analizadas que nos hablen desde la perspectiva de este rey sustituto. Sí contamos, sin embargo, con un texto que nos narra la incertidumbre que debía producir este suceso:

“Él (el rey sustituto) gritó: «¿por qué signo ominoso habéis entronizado a un rey sustituto?»” (SAA 10 2)

Este extracto nos evidencia el hecho de que la persona que durante éste interestadio pasaba a simbolizar el papel de monarca, era conocedor de que algo nefasto lo había puesto en ese lugar. Al final de su “reinado”, que tenía una duración máxima de 100 días, éste sustituto era “llevado a su destino” (SAA 10 221), es decir, asesinado, poniendo así fin al mal presagio del eclipse.

¿Qué hacía el monarca real durante este tiempo? Por lo que nos dicen las fuentes, se encontraba en el palacio, recluido, pero su poder seguía presente, pues recibía constantemente mensajes de sus eruditos y cortesanos donde le ponían al día de los diferentes sucesos.

Enlil Bani - Irra-Imitti
Enlil Bani

Aunque, por lo que nos muestra un caso específico anterior a la época de dominación asiria, esto no siempre salía bien para el auténtico monarca. Hablamos del caso del rey Irra-Imitti de Isin, quien ca. 1860 a.C., a raíz de lo que se cree fue un presagio derivado de un eclipse lunar, éste monarca “hizo al jardinero Enlil-Bani tomar su lugar en el trono y puso la tiara real en su cabeza”. Pero el destino no era tan ciego como se le suele describir y parece haber sido perfectamente capaz de distinguir al monarca falso del real: “Irra-Imitti murió en su palacio después de tragar caldo hirviendo. Enlil-Bani, que estaba en el trono, no renunció, y fue establecido como rey”. Por lo visto, quien había sido un anterior jardinero del palacio fue exitoso en su labor como monarca, pues llegó a gobernar casi un cuarto de siglo.

En definitiva, esta puesta en práctica de rituales para desviar un mal portento nos evidencia que los asirios concebían el mundo como un lugar donde los hombres tenían la potestad de, mediante rituales y fórmulas mágicas, tener alguna especie de control sobre las peligrosas señales que los rodeaban e indicaban que algo ominoso iba a suceder. En una realidad plagada de malos presagios, los rituales servían como elementos profilácticos y apotropaicos.

Historia del Próximo Oriente Antiguo

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Nacido en Valencia y graduado en Historia por la Universidad de Cádiz. Ha realizado una estancia en el Museo Sannitico de Historia Antigua en Italia. Ávido lector y viajero incansable.

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