Antes de que Cayo Julio César se convirtiese en ese Julio César, el que años más tarde sería el romano más poderoso y reconocido de su tiempo (y de los nuestros, huelga decirlo), último dictador de una agonizante República en el cénit de su propia “crónica de una muerte anunciada”, nos encontramos con un episodio que nos muestra el carácter y la confianza en sí mismo, así como su característica altanería, que ya poseía este afamado patricio durante su juventud.

Años antes de que Cneo Pompeyo Magno acabase de forma fulminante con el problema de la piratería, el mar Mediterráneo se encontraba completamente plagado de estos bandidos, cuyas actividades, como casi todas aquellas que se llevaban a cabo fuera de la órbita de control de la capital del Lacio, chocaban directamente con los intereses de Roma. Estas prácticas, a las que el Senado romano ya había intentado poner fin anteriormente, sin éxito, ponían en peligro el comercio entre los diferentes puntos del Mediterráneo, así como el propio suministro de trigo a la urbe.

Es en este contexto marítimo y de bandidaje donde situamos, en el 74 a.C., a nuestro joven César, quien contaba con 25 años por aquel entonces. El joven patricio se dirigía a la isla de Rodas con el objetivo de estudiar con el profesor de oratoria más reconocido de su tiempo, Apolodoro Molón, pues era habitual que jóvenes aristócratas fueran a formarse a escuelas de filosofía y retórica del oriente romano, cuna de estas prácticas cuyo dominio tanto podía influir en la futura vida política de un ciudadano.

Sin embargo, en el trayecto a Rodas, su barco fue asaltado por unos piratas en las cercanías de la isla de Farmacusa, cerca de la costa de Asia Menor. Estos piratas no provenían de otro lugar que la escarpada y resguardada costa de Cilicia, zona ideal para sus objetivos, donde formaban todo un mosaico de bastiones piráticos desde los que lanzaban sus ataques.

Como dice Emilio del Río en su libro Calamares a la romana (Espasa):

“Cilicia era su cuartel general, pero campaban libremente por todo el Mediterráneo. Contaban con torres de vigilancia y bases fortificadas por toda la costa”

Como vemos, no eran los típicos piratas a los que estamos acostumbrados a imaginar, bebiendo todo el día ron de isla en isla, al más puro estilo de Jack Sparrow.

Restos arqueológicas de la guarida de piratas de Anemurium (Cilicia)
Restos arqueológicas de la guarida de piratas de Anemurium (Cilicia)

Cuando estos piratas se encontraron ante nuestro joven patricio, descendiente de una de las familias de más rancio abolengo, la gens Iulia, establecieron el pago en 20 talentos de plata por su liberación (1 talento de plata equivalía a unos 34 kg de este material). Pero, lo que sin duda no esperaban estos captores, eran las carcajadas de César al oír esta irrisoria cifra, pues ¿con quién creían que se encontraban para pedir una cifra tan pequeña? Entonces, tras escuchar la oferta entre risas, César declaró que su precio era mucho mayor, y que no iba a aceptar por su persona un rescato menor a 50 talentos, ante lo cual, la cifra de su rescate subió hasta tal cantidad, mostrando así la alta estima y consideración que tenía de su persona.

Una vez pactado el pago del rescate, César mandó a la comitiva que lo acompañaba a recabar esta elevada suma de dinero, mientras que los piratas se lo llevaron, junto a dos de sus esclavos y su médico, a uno de sus bastiones, donde, según nos cuenta el historiador griego Plutarco en su obra más famosa, Vidas paralelas, César se comportaba como el jefe de aquella banda de piratas, incluso les escribía poemas, demostrando así su alto nivel intelectual, o les amenazaba (aparentemente bromeando, creerían los piratas) de que les ahorcaría:

Siempre que iba a acostarse les daba recado con la orden de que estuvieran callados. Escribía poemas y discursos y los utilizaba como auditorio, y a los que no lo elogiaban los llamaba ignorantes, y entre risas muchas veces los amenazó con ahorcarlos. Ellos estaban divertidos y atribuían esa franqueza a una especie de ingenuidad y broma.

Escultura de Cayo Julio César
Cayo Julio César

Pero no había nada de broma en aquella actitud tan despreocupada y aparentemente cercana. Durante los 38 días que estuvo prisionero, debió de haber hecho planes concisos sobre cómo hacer cumplir las amenazas que, aunque con sentido irónico y burlesco, había hecho a los piratas. Por ello, cuando sus emisarios regresaron con el dinero y fue liberado, César, quien en aquellos momentos era un ciudadano particular pues no estaba ejerciendo ninguna magistratura, no perdió tiempo y rápidamente organizó una pequeña flota de barcos de guerra. La máscara de desafortunado romano secuestrado, simpático y gracioso, cayó así para dar lugar al más frío y rígido de los rictus.

Dice Arturo Sánchez Sanz en su obra Imperium Maris: Historia de la Armada romana imperial y republicana: Los romanos temían el mar, y solo decidieron afrontar sus peligros cuando no existía otra alternativa para derrotar a quien se opusiera a ellos.

Sin duda alguna, los piratas se pusieron, por desgracia para ellos, en el camino de César, y estaban a punto de pagar por ello.

¿Cuál fue el destino de esta pequeña flota dirigida por el ya liberado Julio César? La escarpada costa de Cilicia. Debió de resultar inesperado para los piratas ver lo que se avecinaba por el horizonte, una escuadra de guerra dirigida contra ellos, ante lo que no tardaron en comprender que las burlas de aquel joven romano que habían retenido durante un tiempo, como habrían hecho con muchos otros, no eran baladí. No se habían topado ante un romano cualquiera.

Los piratas, así como sus riquezas, fueron tomados. Aunque aún quedaba una promesa más por saldar, pues César, como les había dicho, planeaba crucificarlos. Con este fin se dirigió al gobernador romano de Asia, Marco Junio Junco, quien no se mostró muy interesado en matar a los piratas, conocedor como era de que podría adquirir un buen precio por ellos en el provechoso mercado de esclavos. Sin embargo, César, mostrando otra vez un sentido de alta consideración para con su propia palabra e interés, decidió ordenar que los piratas fueran crucificados. Si bien es cierto, parece que les cogió en cierta estima durante su estancia con ellos, pues en un ejercicio de magnanimidad, tuvo el detalle de ordenar que antes los estrangulasen, lo que les evitó una muerte mucho más larga y dolorosa. César, al fin, había cumplido su promesa.

Como bien dice Adrian Goldsworthy en su magnífica obra César: la biografía definitiva:

“Fue una exhibición de su audacia, determinación, rapidez de acción e implacable habilidad”

Sin duda, esta historia le sirvió para, una vez de vuelta en Roma, aumentar la admiración hacia su persona tanto entre la élite como entre la plebe, allanando su camino hacia futuros cargos públicos con los que granjearse un devenir aún más esplendoroso. 

Aunque es este quizá uno de los acontecimientos menos conocidos de la vida de nuestro personaje, eclipsado por muchos otros momentos de su trayectoria política (la conquista de las Galias, su paso a través del Rubicón, su famoso y trágico asesinato o incluso la deificación tras su muerte), este hecho nos revela que desde los inicios de su madurez, César ya era consciente de la imagen de confianza y eficiencia que a él le interesaba mostrar. Vemos ya aquí rasgos de la personalidad tan arrolladora que le hizo contar, a lo largo de su vida, con tantos partidarios y opositores por igual. Este hecho, de muchas maneras, abraza la leyenda de César, que a tantos ha inspirado.

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Nacido en Valencia y graduado en Historia por la Universidad de Cádiz. Ha realizado una estancia en el Museo Sannitico de Historia Antigua en Italia. Ávido lector y viajero incansable.

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